Archivos de la categoría ‘Libros’


 

Alejo Carbonell le pone el cuerpo a la literatura. Escritor y editor. Analiza las letras cordobesas. Tiene una mirada ácida pero también optimista sobre los escritores locales. Se pregunta adónde hay que ir con el arte.Critica “el sistema de sobadas” para llegar a ser un escritor consagrado y ejemplifica la idea de que “hay otros caminos”. Rescata el trabajo de Elena Annibali -entre otros- , y sostiene ”no va a pasar nada” con Juan Terranova. Su palabra, en esta nota: http://redaccion351.com/cultura/todos-quieren-llegar-a-un-lugar-que-nadie-sabe-donde-esta/

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Juana dice

que no se te empañen los ojos.

Juana podría ser tu abuela

pero es un ángel negro

con una vida amarillenta

que deja páginas blancas,

de tan blancas relucientes.

Juana dice

que no se te empañen los ojos

así puedes leerla

con los ojos -sólo los ojos- limpios.

Juana dice que nadie

escriba sobre ella

cuando sólo lee uno de sus libros.

Pero con un libro

es suficiente

para que Juana

te hable

y sea después.

“Siempre me pregunto

qué dice la gente

cuando dice

sólo el amor justifica una vida

¿conocí a alguien viviendo de esa forma primitiva

en la que no entra el empecinamiento de la pasión

ni la luz fría del odio

o tal vez la sombra turbia de la convivencia?

si el amor es la respuesta a la vida

y a todas sus superestructuras

la respuesta a la muerte

que allá lejos quedó sin nombre

es lo que nos permite vivir “

Extracto del libro “Si alguien tiene que ser después”, de Juana Bignozzi


“Esa nota al pie no es otra cosa que  el pueblo, los sin voz, que comienzan a avanzar sobre el centro, el poder del Estado. No se proponen ir y asaltar el Estado, sino encontrar su propia voz, nuestra voz”. Matías Molle

 Tres traspiés trenzados

Un suicidio de un empleado infeliz. Un “entierro” donde el único presente es su empleador. Una carta del empleado, León, al empleador, Otero. Éstos son los tres elementos básicos del cuento “Nota al pie”, de Rodolfo Walsh. A partir de ellos se desgajan situaciones de la vida cotidiana, reconstrucciones de diálogos olvidados que estaban teñidos de oscuridad, espacios que necesitan de una muerte para ser “compartidos” entre los dos personajes principales.

Un rompecabezas que página tras página se va armando, donde cada pieza se corresponde inequívocamente con otra. Eso dejó escrito Walsh en este cuento sobre el traductor León, dueño de  un “orgullo infantil” que lo habita en los inicios de sus trabajos. Pero se convertirá en “hombre usado”, dueño de nada, ni siquiera de sí mismo, cuando su pasión se convierte en mero desgaste. Es ahí cuando su destino  suicida  empieza a vislumbrarse.

Walsh demuestra con este relato (como tantas otras veces) su capacidad para innovar al momento de contar una historia: es un cuento analógico, que es necesario que sea leído sobre  papel. El nombre del relato surge de la carta que León le escribe a Otero, y  en el cuento esas palabras  se muestran como una nota al pie. Mientras, en la parte principal  del cuento  el lector es testigo de acontecimientos que suceden después del suicidio del empleado. La nota al pie, hoja tras hojas, va apropiándose del texto, avanza impiadosamente sobre él. Lo hace sumando un renglón en cada página,  hasta que al llegar al final del relato, lo que era la parte principal del cuento ya no existe: la nota al pie es lo principal. Si las dos partes se conjugaban para darle cuerpo al relato sólo era para contar cómo se puede sentir la muerte después de la muerte, cómo la magnitud de la  vida se resignifica a partir de la inexistencia humana.

 León

Tuvo los ojos fulgurantes de alegría cuando se enteró de su nuevo trabajo de traductor, cuando terminó de traducir su primera novela, cuando supo que en la biblioteca nacional aparecía sesenta veces su nombre. Ante cada desafío laboral que enfrentaba con éxito, lo invadía una sensación indescriptible. Acaso necesitaba otro cuerpo para tanta felicidad, que clamaba por salir a borbotones.

Hasta que el ánimo se convirtió en pesar, la pasión en rutina y las esperanzas en desilusiones. La marginalidad a la que su trabajo lo sometía, la indiferencia de su jefe y el desamparo social, entre otras cosas, hacen de su cotidianeidad una ruina. Acaso necesitaba otro cuerpo para tanta infelicidad, que clamaba por salir a borbotones.

No encontró otro cuerpo pero sí la forma de salirse del suyo.

Primero, dejando que sus náuseas existenciales se conviertan en un vómito del lenguaje, en una carta con varios destinatarios. Es la carta para su jefe, pero también una proclama contra los males de este mundo (y, por ende, para quienes los originan). En esa exteriorización  de hartazgos León se siente, por fin, fiel a sí mismo. Él, que tantas veces  ha reescrito palabras de otros y ha sabido difundirlas fielmente con sus traducciones. Él, decide declinar en su labor diaria para realizar una manifestación que será  eterna: se convierte en el traductor de los sentimientos que invaden a quienes no son escuchados. 

Y después no habrá después. Porque su decisión es indeclinable: la muerte cubrirá a su vida con un resplandor que su vida ya ha perdido.

Su vómito de palabras lo atestigua: “Ignoraban lo que es sentirse habitado por otro, que es a menudo un imbécil: recién ahora me atrevo a pensar esa palabra; prestar la cabeza a un extraño, y recuperarla cuando está gastada, vacía, sin una idea, inútil para el resto del día” / “Yo alquilaba el alma”

 Otero

Y después habrá después. Es que la muerte tiene presencia. La ausencia de la vida del muerto se convierte en la presencia en la vida  de otros. A Otero se le vuelve inevitable esa representación .Pero la fatalidad  debe ser anestesiada para quien era jefe de un empleado que vive para trabajar. Porque si la vida es el trabajo, ¿cuántos motivos más pueden ocasionar el suicidio?. Entonces cualquier pensamiento es válido  para Otero para que la culpa  no se convierta en su hermana.

“Otero vio de golpe las cosas más claras. El suicidio de León no era un acto de grandeza ni  un arranque inconsciente. Era la escapada de un mediocre, un símbolo del desorden de los tiempos. El resentimiento, la falta de responsabilidad anidaban en todos. Sólo un débil los ejercía así”.

 Nota a las manos (de Walsh)

“Porque nadie puede vivir con los muertos, es preciso matarlos adentro de uno, reducirlos a imagen inocua, para siempre segura en nuestra memoria”, escribió con ironía  Walsh (al referirse a la actitud de Otero). Los textos que escribió son una invitación para contrariar a su personaje, tal como el autor mismo lo hizo. Su ejemplo de vida es una invitación a  vivir con sus palabras, llenarlas de vida dentro de uno, extenderlas a imagen desafiante, siempre segura en nuestra memoria.

   /Por Sol Aguirre-junio 09/Publicado en Cba noticias:
http://www.cbanoticias.net/cultura/sobre-el-cuento-%E2%80%9Cnota-al-pie%E2%80%9D-de-rodolfo-walsh/276609



“Benedetti en italiano significa benditos.
Lo único que puedo decir es eso.
Benditos sean las mujeres y los hombres
 generosos y honestos como éstos”.

Eduardo Galeano

Cuando abro el diario y leo/ mi propia necrológica/ me apena que no sepan/ que estoy en condiciones/ de mostrar dondequiera/ y a quien sea/ un vigente, prolijo y minucioso/ certificado de existencia

Se empeñan en repetirlo. Que Bendetti murió. Pero si muere quien ya no tiene vida, entonces, ¿murió Benedetti?. El lenguaje queda limitado (una vez más, como tantas otras veces) cuando se cumple la paradoja de los mortales inmortales. Y también es paradójico que quien escribió que había que vivir como si fuéramos inmortales entendió que era necesario no sólo eso, sino también morir como un inmortal. Como para mover el piso del lenguaje, desestructurarlo y cuestionarlo.

Me gustan/las frugales transgresiones

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Este papel soberbio / irrefutable/ atestigua que existo

Me inspiran más confianza los que dicen que se tomó una tregua. Tregua que dura hasta que las preguntas sobre los asuntos mundanos se nos encarnen y acudamos acongojados al vino de sus poesías y confirmemos, con una sonrisa indisimulada, que la vid de sus palabras es la sed de los pueblos. O hasta que  el amor nos desborde  sin escrúpulo alguno y el lenguaje se burle de nosotros desconsideradamente. Será entonces cuando sus palabras vendrán a socorrernos, cuando nos encontremos en esas descripciones sencillas, profundas   y certeras sobre nuestra condición humana. Sus manos, ávidas de dar,  nos cobijarán ante los enigmas de la muerte, la injusticia, la soledad, el amor, la miseria, la esperanza y tantos otros avatares.

Vivir / después de todo/no es tan fundamental/ lo importante es que alguien/ debidamente autorizado/ certifique que uno/ probadamente existe

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Quién hubiera dicho/que estos poemas míos/ iban a ser/ de otros

Benedetti se abraza a los  pueblos. O, mejor dicho, los pueblos se abrazan a él. Muchos nos tomamos el atrevimiento de considerarlo un compañero incondicional en nuestros caminos. Si hasta nuestras luchas toman coraje porque las sentimos similares a las de él. Él, que sabe ofrecer a la poesía como una apetencia inevitable  de nuestras entrañas. Que es el poeta uruguayo más leído en todo el mundo, y el más cantado en el habla hispana. Que es cuestionado inútilmente por los intelectuales que rotulan como cursilería a la evocación de palabras  francas e intensas que son reconocidas por hombres y mujeres comunes, que nunca harían de la altanería un estandarte.

Los pueblos están conmovidos. Publicaciones en el multitudinario facebook y cadenas de mails lo confirman. Allí el rótulo que se la adjudica al poeta, el de ser el “Padre Nuestro Latinoamericano”, toma auge en las expresiones espontáneas: ¡tan uruguayo y tan argentino como Gardel!/ Más q un best seller, será un long seller/Adiós, Mario: Gracias por el fuego

No conoce  fronteras el duelo por la tregua del poeta, así como tampoco sabe de límites la expansión de sus palabras. Palabras que la gente hace suyas y  que resurgirán eternamente.

No olvides que tu rostro/ me mira como pueblo/ sonríe y rabia y canta/ como pueblo/ y eso te da una lumbre/ inapagable/ ahora no tengo dudas/ vas a llegar distinta y con señales/ con nuevas/ con hondura/ con franqueza

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 ¿Qué les queda por probar a los jóvenes/ en este mundo de rutina y ruina? no dejar que les maten el amor/ recuperar el habla y la utopía /ser jóvenes sin prisa y con memoria

Remontarse a la biografía de Benedetti es corroborar la puesta en práctica de su prédica, que tuvo como bandera   aquello de “defender la alegría como un destino”. Aunque la infancia y la adolescencia no fueron generosas con él, se hizo amigo del optimismo pese a las tristezas que azoten.

Es artífice de una vasta producción intelectual: escribió más de 80 obras entre poemas, novelas, cuentos, ensayos, obras de teatro, crónicas de humor y guiones de cine. Siempre comprometido con los ideales políticos de izquierda,  fue un  incansable defensor  de los derechos humanos. Trabajó como periodista y logró dirigir uno de los semanarios más importantes de América Latina. Defendió el desarrollo de la cultura, fundó e integró la generación de escritores del 45, encargados de elaborar la identidad de la literatura uruguaya.

Padeció el exilio durante doce años, época en la cual se familiarizó con el “llavero de la solidaridad”: cuando la persecución política lo intimidaba hasta lo impensado, un par de amigos le dejaban  las llaves de sus hogares  de manera desinteresada.

Las palabras esperanzadoras que dedica a la juventud son las mismas que él logró convertir en acción  no sólo cuando fue joven, sino toda su vida.

Situarse en una historia que es la suya/ no convertirse en viejos prematuros/ descubrir las raíces del horror/ inventar paz así sea a ponchazos /sobre todo les queda hacer futuro

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Llegaste temprano/ demasiado temprano/ a una muerte que no era la tuya/y que a esta altura no sabrá que hacer /con tanta vida

Los que dicen que se murió, afirman que fue hace unas horas atrás, cuando el poeta aprendía a convivir con sus 88 años.

Benedetti, incansable, desafiando a quienes ven a la vejez como una etapa infructuosa, estaba trabajando en un nuevo libro de poesía cuyo título iba a ser “Biografía para encontrarme”.

Su biografía quedó inconclusa cuando el escritor decidió tomarse de tregua. Pero la tregua fue estratégica: es que acaso no haya mejor manera de encontrarse que en la mirada del otro.

Él mismo afirmó: “Lo mejor que me pudo haber pasado en la vida es que lo que escribo le haya tocado el corazón a esa gente, a ese pueblo, a ese hombre de a pie”. Y Benedetti, que siempre estuvo cerca de los pueblos, quizás entendió que la mejor manera de encontrarse es cuando los pueblos lo leen, se apropian de sus palabras, las resignifican, las gastan, las consideran sus compañeras incondicionales.

Los que dicen que ya no está entre nosotros, afirman que no se salvó de la muerte. De esta afirmación una parte, sólo una parte, es certera: la que confirma que no se salvó. Pero  que no se ilusionen los falsos profetas: no se salvó, pero no de la muerte.

No te quedes inmóvil/ al borde del camino/ no congeles el júbilo/ no quieras con desgana/ no te salves ahora/ ni nunca/ no te salves/ no te llenes de calma/ no reserves del mundo/sólo un rincón tranquilo/ no dejes caer los párpados/ pesados como juicios/no te quedes sin labios/ no te duermas sin sueño/ no te pienses sin sangre/ no te juzgues sin tiempo/ pero si/ pese a todo/ no puedes evitarlo/ y congelas el júbilo/ y quieres con desgana/ y te salvas ahora/ y te llenas de calma/ y reservas del mundo/ sólo un rincón tranquilo/ y dejas caer los párpados/ pesados como juicios/ y te secas sin labios/ y te duermes sin sueño/y te piensas sin sangre/ y te juzga sin tiempo/ y te quedas inmóvil/al borde del camino/ y te salvas/ entonces no te quedes conmigo

Bendetti afirmó que la vida es un paréntesis entre dos nadas y, por eso mismo, hay que vivir como inmortales. Si en ese paréntesis se pudieran poner contadas palabras que den cuenta de su paso por este mundo, quizás mi descaro sea compartido:

(somos hambrientos desde el vamos/ y lo seremos hasta el vámonos)

/Por Sol Aguirre- para semanario “El Regional” y Agencia Cba Noticias- mayo 09/

http://www.cbanoticias.net/cultura/benedetti-y-la-paradoja-de-los-mortales-inmortales/247019


    [Evocación a un revolucionario]

 

   

  

Mucho se sabe y se ha dicho sobre el “Che” revolucionario. Pero poco sabemos sobre su perfil más íntimo. Quien más lo conoce, Aleida March, la mujer de toda su vida, cuenta sobre un Che más humano y menos idealizado en su libro “Evocación”.

 El futuro en camino

La imagen del Che recorre el mundo. “Volveré y seré remeras”, dice un conocido e irónico graffiti. Aunque su imagen es cada vez más reproducida, su historia de vida y su lucha suelen quedar desprovistas de significado en el “merChendising” internacional. Un oasis en ese desierto es el libro de la mujer  de Ernesto Guevara, Aleida March. En su libro  “Evocación: mi vida al lado del Che” nos trae su perfil más íntimo, contrariando a quienes pretenden hacer de su imagen una frivolidad o de su historia de vida una idealización sobrenatural y, por eso mismo, antihumana. Aleida acerca con su escritura a un Che íntimo en sus actos más cotidianos: escribiendo cartas de amor, inspirado para poetizar sobre sus sentimientos, reflexionando sobre la vida y sus avatares. Y no es para menos. Quien compartió  cuatro hijos, ocho  años de  vida  y el camino de la revolución junto a él lo conoce envestido de toda su  humanidad. . El perfil del Che se dibuja a través de la mirada de una mujer que, asombrada ella misma sobre el curso de su propia existencia, se interroga acerca de la naturaleza de un vínculo que marcó su destino.

Los íntimos de Guevara coinciden en afirmar que fue un visionario que tenía la capacidad de adelantarse a los hechos. Por si acaso quedan dudas de esta característica, en una de las cartas más desgarradoras, dedicó estas palabras a su mujer:

“Se  levanta la cinta para mi último camino. La velocidad será tanta que huirá a todo grito. Se acabó el pasado; soy un futuro en camino”. Anticipándose a la historia, continúa afirmando “Lanzaré una mirada en espiral, como la postrera vuelta del perro al descansar, y los tocaré con la vista, uno a uno y todos juntos”.  

Pero para entender las intensas confesiones que Ernesto Guevara le hace a Aleida es necesario remontarse a la historia amorosa que los une en plena revolución. 

 Revolución amorosa

La dictadura de Batista, que azotó a Cuba durante los años 50, convierte a la Universidad en trampolín hacia el ancho mundo del combate revolucionario. Aleida  March, por aquellos años estudiante de pedagogía, cambia sus estudios por la lucha clandestina. La mujer que se adjudica conocer  “en sus fibras más íntimas” al revolucionario rememora el momento en que lo vio por primera vez.  Siendo ya combatiente clandestina del movimiento revolucionario  una de sus tareas habituales era trasladar compañeros hacia las montañas. Subió a una de ellas, escapando del asedio represivo y siendo encargada de llevar dinero a uno de los campamentos en el territorio de Las Villas. Allí  conoció por primera vez al “comandante”, que era ya una leyenda viva, y confiesa su primera impresión: “era un hombre muy atractivo”. Sólo unos años después supo cómo él había vivido ese primer encuentro. Fue cuando le escribió una carta desde el Congo, en 1965, en la cual confiesa: “se desencadenó dentro de mí una lucha entre el revolucionario irreprochable y el otro, el verdadero Che».

Después de ese primer  encuentro prosiguen  lado a lado la lucha guerrillera, se produce la toma de Santa Clara y la invasión concluye en la Habana. En pleno combate, ante el peligro de la muerte, creció el enamoramiento y la admiración mutua. Aleida cuenta cómo fue la confesión que el Che le hizo en ese contexto. En enero del 59, durante una de las paradas que tuvieron  mientras iban rumbo a La Habana le aguardaba un suceso que marcaría el resto de su existencia: la primera declaración de amor que le hizo el Che. “Se sirvió de un momento en que estábamos solos, sentados en el vehículo. Me dijo que se dio cuenta de que me quería el día en que la tanqueta nos cayó atrás, cuando la toma de Santa Clara, y que había temido que me pasara algo”. En esos momentos de riesgo el amor se manifestaba en su forma más improvisada.

La mujer del revolucionario cuenta también como, a pesar de los duros días que compartían, vivían el amor que colmaba sus vidas con el ímpetu que merecía. “Nosotros actuábamos como dos simples enamorados, dejándonos llevar por nuestros sentimientos, sin mucha originalidad, sólo por puro placer y regocijo”. Fue durante ese enero inolvidable que llegó el momento en que el Che  entró a su habitación, descalzo y silencioso, en el día que él calificó irónicamente como “el día de la fortaleza tomada”. Aleida explica que empleó esa expresión como un símil, porque a toda fortaleza, para tomarla, primero se le hace un cerco y poco a poco, después de estudiar sus puntos débiles, se decide el ataque. “En realidad eso fue posible porque yo estaba mucho más enamorada de lo que pensaba, y así de simple, me rendí sin resistir y sin dar batalla alguna…”, confiesa.

En junio el Che le propone casamiento, sobre lo cual ella comenta: “La  boda para nosotros dos era un acto natural y la culminación de una primera etapa en nuestras vidas, breve, marcada por su intensidad, y de plena satisfacción y felicidad”.De aquella unión nacieron cuatro hijos.

 Entre los afectos y los ideales

La vida familiar no se hacía fácil con los ideales revolucionarios de por medio. Aleida dijo en una de las presentaciones de su libro:”El Che volvía tarde a casa, dormía sólo cinco o seis horas diarias. ¡Imagínese!¡Estaba construyendo una nueva sociedad! ¡No podía dedicarse al hogar y a la casa!”. Él mismo hizo alusión a esto en uno de sus escritos, cuando confiesa que “ha pasado una buena parte de mi vida; teniendo que refrenar el cariño por otras consideraciones, y la gente creyendo que trata con un monstruo mecánico…”

Después de concretar su primer sueño (y el de tantos otros), derrocar a la dictadura de Batista, Ernesto Guevara tomará nuevos destinos para cumplir con aquel ideal que no compartía con Fidel: luchar por la revolución en otras tierras. Su anhelo lo trasladó hasta el Congo, lugar desde el que le escribe en 1965 a su amada para contarle, con sentido del humor y medio en clave, que, a falta de combates, pasa gran parte del tiempo escribiendo y dedicado al estudio. “Estoy manejando aceptablemente bien el idioma, mis matemáticas van bien y voy a ser catedrático de El Capital a fuerza de releerlo (cada vez con más ganas, como el Quijote)”.La lectura era otra de las actividades que colmaba su existencia y Aleida menciona que “leía todo el tiempo y de todo, le apasionaba la literatura”.

En el libro “Evocaciones” se recuerda también los  momentos vividos por la pareja durante los encuentros clandestinos que tuvieron. Debido a la persecución de los opositores los dos se debían disfrazar para que no los reconocieran. Sobre el primero de los encuentros, poco después de que la experiencia guerrillera en el Congo fracase, ella revela: “Creo que fue lo soñado por nosotros durante mucho tiempo, íbamos a estar completamente solos (…) El encierro voluntario era por razones de seguridad. La ciudad la vi a mi llegada y cuando partí, sólo tuve ojos y oídos para absorber y dar  lo que fuimos capaces de entregarnos, no hacía falta más.” Durante esos días de jolgorio el Che  aprovechó para grabar con su voz  cuentos para sus hijos, los cuales  fueron entregados por a ellos por su madre como “uno de los tesoros más preciados que su padre les entregaba”.

 Evocación contra el olvido

Aleida ya no vería al Che, después de que él partiera hacia Bolivia. En uno de sus escritos le pide a  su enamorada:

“si sientes algún día la violencia impositiva de una mirada, no te vuelvas, no rompas el conjuro, continúa colando mi café y déjame vivirte para siempre en el perenne instante”

Poco después de que su marido dejara La Habana, recibió un poema que el Che le dejó escrito:

 “Adiós, mi única, no tiembles ante el hambre de los lobos / ni en el frío estepario de la ausencia / del lado del corazón te llevo / y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume”.

En el prólogo del libro se afirma que  el olvido se  puede  esconder en formas varias. Allí se lee que el Che recuperado y sólo mito de un ideal que no tiene perfiles, es el olvido. El testimonio de su compañera de vida es una resistencia contra el olvido A través del relato personal de una mujer que se redescubre con las palabras de todos los días, emerge el Che humano, vulnerable, del amor trascendido que tanto necesitamos. Es el Che que faltaba.

 [Sol Aguirre/Publicado en el Semanario “El Regional” y Agencia Cba noticias]

http://www.cbanoticias.net/cultura/el-che-que-faltaba/56807