:. EL VENENO DICTATORIAL QUE QUEDA EN LAS VENAS ARGENTINAS.: Por Sol Aguirre

Publicado: 22 junio, 2010 en Noticias y política
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“Sin conciencia de la opresión no hay realidad opresiva.

La conciencia es tal cuando asume la historicidad de su opresión y por ende,

su necesidad y posibilidad de transformación”.  José Pablo Feinmann

Algunos de los malditos huevos de la serpiente dictatorial

La última dictadura militar, que duró desde 1976 hasta 1983, fue la serpiente que más veneno desparramó por el suelo argentino. Los dictadores Videla, Viola, Galtieri y Bignone fueron parte de la cabeza de esta animalada humana que arrastró a nuestro país hasta sus más indignas condiciones.

 Los objetivos de los militares dejaron sus marcas en nuestra historia democrática: reorganizar la Argentina conforme a la doctrina neoliberal, reprimir y aniquilar sujetos sociales y políticos con conciencia crítica  e instalar la cultura del miedo.

El imaginario cultural  que se sostuvo durante esos años  (y que lamentablemente tiene repercusión hasta nuestros días) quedó hecha símbolo en la revista Gente de 1975: se representaba al cuerpo joven y robusto de la patria “violada” por la infiltración subversiva. Los supuestos que esta imagen implicaba y el apoyo o la indiferencia social dieron lugar a  que el terrorismo de estado destruya la subjetividad cultural, dejando individuos resignados, despolitizados.

30.000 desaparecidos forman parte de la indeseable herencia  de una dictadura sangrienta que con métodos inhumanos torturó “hasta a los tímidos”*.

Está lejos del alcance de estas líneas analizar cada uno de los efectos que  hoy hacen de la pasividad un mandato social con pocas excepciones. Pero, a pesar de ello, le pido a Ud., lector/a que  lea y luego relea con detenimiento el párrafo siguiente.

En el libro “Culturicidio”, F. Romero enumera varias consecuencias de las atrocidades dictatoriales que hoy se manifiestan de diferentes maneras: “pensamiento acrítico, ahistórico, meramente reproductor-memorístico del discurso neoliberal, culto al individualismo más egoísta, prédica fascista- clasista-racista, machista, aceptación pasiva de las diferencias e injusticias sociales como dato natural y necesario de la realidad, no lectura y  desvalorización social del conocimiento, completa ignorancia y desconfianza hacia la política, imagen endemoniada de la juventud militante, descompromiso social, economicismo clasemediero, exitismo y triunfalismo”.

Si es que ya se ha tomado la molestia de releer: ¿acaso no le parecen estas palabras una radiografía de gran parte de la sociedad  argentina actual?…

La colonización pedagógica cultural de la última dictadura fue devastadora y nos quitó hasta la capacidad de pensar. ¿Ejemplos? Sobran, sólo a modo ilustrativo cito algunos.

Los militares quemaron un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina. Ante semejante cifra quizás usted piense que estas veinticuatro toneladas y media de conocimiento ardieron en el fuego en diferentes momentos durante los años de la dictadura. No, se equivoca. Esta atrocidad se dio en un sólo día: el 26 de junio de 1980.

Imagínese como se decapitó el pensamiento  durante los siete años en los que los militares estuvieron al poder.

Leer, esa  imprescindible actividad que actúa como un abdominal para la inteligencia, se convirtió en mala palabra, en “acto subversivo”.

 La censura sobre las letras hizo quecantidades de libros queden bajo tierra, y los pocos que circulaban respondían a los intereses militares.  En los establecimientos educativos se difundieron dos listas: una de “textos censurados” y otra de “autores permitidos”. Salvo excepciones,  el “catálogo para el lector” se repitió como  un “padrenuestro”-en esa época en la que la palabra  “Padre” era  evocada para prostituirla, usándola   para justificar los actos más inhumanos-.

La dictadura vació de sentido nuestro lenguaje, nos robó el poder de las palabras. Es vergonzoso, por ejemplo, que varios manuales escolares y unos cuantos libros de historia llamen “Proceso de Reorganización Nacional” a los siete años que marcaron con sangre nuestra historia. Urge preguntar: ¿Qué se re-organizó?

El poeta Juan Gelman sabe del significado de las palabras y también del sufrimiento que causó y dejó la última dictadura  -estuvo exiliado, su hijo y su nuera forman parte de la lista de desaparecidos.

Fue él quien propuso crear nuevos términos para aludir a lo indecible: menciona a la “desmadrecía”, el “padrecimiento” y los “deshijados” como maneras de nombrar el punzante dolor que se quiso silenciar.

Aún no nos pueden explicar que cosas se re-organizaron pero sí sabemos cuáles se sepultaron. Entre ellas, la cultura, la palabra y también la práctica social del “nosotros”.

En las universidades cualquier tipo de conversación creaba sospecha y circular en grupos era pecado. El “nosotros” quedó desterrado y hasta  en la matemática se eliminó cualquier referencia a la pluralidad. La censura abarcó también a la teoría de los conjuntos por considerar que “fomenta la idea sovietizante de lo colectivo y de los agrupamientos como relación indispensable para solucionar un problema”.

Pensarnos haciendo y diciendo junto a otros siempre nos salva de la triste vaciedad que implica una vida planteada en términos individualistas. Pero el “nosotros” fue deslegitimado, prohibido, perseguido, picaneado y desaparecido en Argentina.  Con él mutilaron la memoria, la imaginación y cualquier posibilidad de acercarse a la libertad de pensamiento.

La cultura del miedo se nos hizo carne, hasta el día de hoy, de distintas formas: negación explicitada en el famoso “acá no pasó nada”; desmentida en la frase “no hay desaparecidos”; racionalización en el “se podía caminar tranquilo por la calle”; identificación en el “algo habrán hecho” y aislamiento en el “no te metas”.

La esperada democracia que se restituye en el 83 trae nuevos aires, pero en muchas bocanadas aún se siente el olor del veneno desparramado por la serpiente de la dictadura.

Nuevos y buenos aires donde quedan algunos malos y viejos olores

La democracia vuelve de la mano de Alfonsín y, a pesar de las esperanzas que suscitó con el Juicio a las Juntas militares, cuando se aprueban las leyes de “Obediencia Debida” y “Punto Final” el escepticismo y la idea de que “no se puede” contra la impunidad desmovilizó  a muchos.

El informe que se  presenta en el libro “Nunca Más”, si bien es un significativo aporte de testimonios sobre las atrocidades cometidas durante la dictadura, destina muy pocas páginas a explicar el contexto de los hechos y sus porqués. La Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas defendió la “teoría de los dos demonios”: los militares excedidos en sus represiones y los “guerrilleros” que intentaron “subvertir” el orden, generando la intervención de las fuerzas armadas. Se convirtió así a los militantes en los responsables del terror en que estuvo inmersa Argentina. Los logros de la CONADEP se opacan en estas concepciones y en la idea de que la sociedad fue mera víctima, sin calidad de sujeto social ni político.

Cuando estalla  la hiperinflación  la cultura del trabajo queda vaciada y la lógica de “zafar” se instala. Este contexto, sumado a la despolitización, permiten que la doctrina neoliberal menemista se ejerza con pocas críticas. Las similitudes entre las políticas dictatoriales y las de Menem  en materia educativa no son pocas: el desfinanciamiento del presupuesto universitario; la falta de responsabilidad del Estado; su abandono de las tareas de investigación; la descentralización de los planes de estudios; la idea de que la educación es una mercancía que se ofrece como un servicio privatizado y no como un derecho universal.

Con este panorama el “sálvese quien pueda” y  la fragmentación social llevan al individualismo a su máxima expresión.

El olvido está llenándose de memoria

El 2001 marcó una grieta en el consenso de los argentinos sobre la validez del neoliberalismo como único sistema  de pensamiento posible. Entre esos quiebres, los reclamos populares se hacen escuchar y la sociedad se muestra desilusionada de sus políticos, pero aún defraudada apuesta a construir. Este proceso de transición marca nuestro presente. Estamos en un contexto que se muestra de difícil convivencia política, pero con  propuestas que incitan a la esperanza. La reconstrucción de lazos sociales imprescindibles se plantea  como posibilidad. Una respetable política de Derechos Humanos, la reapertura de los juicios a los militares, la promulgación de una nueva Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual e innovadoras propuestas para la Educación  son signos reconfortantes de este gobierno.

Fontanarrosa hizo decir a su personaje Inodoro Pereyra: “La historia lo juzgará. Pero tiene el mejor de los abogados: el olvido”. Aún cuando las críticas al gobierno actual son muchas-y muchas de ellas válidas- es alentador que existan políticas  que fomenten el ejercicio de la memoria. Esa memoria que L. Gieco sabe describir tan  bien cuando canta que es “refugio de la vida y de la historia”.

[Publicado en Semanario “El Regional” y Agencia Cba noticias/ Marzo del 2010]

Link: http://www.cbanoticias.net/noticias/el-veneno-dictatorial-que-queda-en-las-venas-argentinas/1180025

*Declaraciones del gobernador dictatorial de Buenos Aires, Ibérico Saint Jean

Fuentes consultadas:

-Lanata, Jorge: “Argentinos” Tomo 2. Ediciones B.

-Seoane, María: “Argentina” . Editorial Letras de crítica .

-Romero, Jorge: “Culturicidio”. Editorial Librería de la Paz.

-Informe de la CONADEP: “Nunca Más”. Eudeba.

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