:. EL “CHE” QUE FALTABA.: Por Sol Aguirre

Publicado: 7 noviembre, 2008 en Libros, Noticias y política
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    [Evocación a un revolucionario]

 

   

  

Mucho se sabe y se ha dicho sobre el “Che” revolucionario. Pero poco sabemos sobre su perfil más íntimo. Quien más lo conoce, Aleida March, la mujer de toda su vida, cuenta sobre un Che más humano y menos idealizado en su libro “Evocación”.

 El futuro en camino

La imagen del Che recorre el mundo. “Volveré y seré remeras”, dice un conocido e irónico graffiti. Aunque su imagen es cada vez más reproducida, su historia de vida y su lucha suelen quedar desprovistas de significado en el “merChendising” internacional. Un oasis en ese desierto es el libro de la mujer  de Ernesto Guevara, Aleida March. En su libro  “Evocación: mi vida al lado del Che” nos trae su perfil más íntimo, contrariando a quienes pretenden hacer de su imagen una frivolidad o de su historia de vida una idealización sobrenatural y, por eso mismo, antihumana. Aleida acerca con su escritura a un Che íntimo en sus actos más cotidianos: escribiendo cartas de amor, inspirado para poetizar sobre sus sentimientos, reflexionando sobre la vida y sus avatares. Y no es para menos. Quien compartió  cuatro hijos, ocho  años de  vida  y el camino de la revolución junto a él lo conoce envestido de toda su  humanidad. . El perfil del Che se dibuja a través de la mirada de una mujer que, asombrada ella misma sobre el curso de su propia existencia, se interroga acerca de la naturaleza de un vínculo que marcó su destino.

Los íntimos de Guevara coinciden en afirmar que fue un visionario que tenía la capacidad de adelantarse a los hechos. Por si acaso quedan dudas de esta característica, en una de las cartas más desgarradoras, dedicó estas palabras a su mujer:

“Se  levanta la cinta para mi último camino. La velocidad será tanta que huirá a todo grito. Se acabó el pasado; soy un futuro en camino”. Anticipándose a la historia, continúa afirmando “Lanzaré una mirada en espiral, como la postrera vuelta del perro al descansar, y los tocaré con la vista, uno a uno y todos juntos”.  

Pero para entender las intensas confesiones que Ernesto Guevara le hace a Aleida es necesario remontarse a la historia amorosa que los une en plena revolución. 

 Revolución amorosa

La dictadura de Batista, que azotó a Cuba durante los años 50, convierte a la Universidad en trampolín hacia el ancho mundo del combate revolucionario. Aleida  March, por aquellos años estudiante de pedagogía, cambia sus estudios por la lucha clandestina. La mujer que se adjudica conocer  “en sus fibras más íntimas” al revolucionario rememora el momento en que lo vio por primera vez.  Siendo ya combatiente clandestina del movimiento revolucionario  una de sus tareas habituales era trasladar compañeros hacia las montañas. Subió a una de ellas, escapando del asedio represivo y siendo encargada de llevar dinero a uno de los campamentos en el territorio de Las Villas. Allí  conoció por primera vez al “comandante”, que era ya una leyenda viva, y confiesa su primera impresión: “era un hombre muy atractivo”. Sólo unos años después supo cómo él había vivido ese primer encuentro. Fue cuando le escribió una carta desde el Congo, en 1965, en la cual confiesa: “se desencadenó dentro de mí una lucha entre el revolucionario irreprochable y el otro, el verdadero Che».

Después de ese primer  encuentro prosiguen  lado a lado la lucha guerrillera, se produce la toma de Santa Clara y la invasión concluye en la Habana. En pleno combate, ante el peligro de la muerte, creció el enamoramiento y la admiración mutua. Aleida cuenta cómo fue la confesión que el Che le hizo en ese contexto. En enero del 59, durante una de las paradas que tuvieron  mientras iban rumbo a La Habana le aguardaba un suceso que marcaría el resto de su existencia: la primera declaración de amor que le hizo el Che. “Se sirvió de un momento en que estábamos solos, sentados en el vehículo. Me dijo que se dio cuenta de que me quería el día en que la tanqueta nos cayó atrás, cuando la toma de Santa Clara, y que había temido que me pasara algo”. En esos momentos de riesgo el amor se manifestaba en su forma más improvisada.

La mujer del revolucionario cuenta también como, a pesar de los duros días que compartían, vivían el amor que colmaba sus vidas con el ímpetu que merecía. “Nosotros actuábamos como dos simples enamorados, dejándonos llevar por nuestros sentimientos, sin mucha originalidad, sólo por puro placer y regocijo”. Fue durante ese enero inolvidable que llegó el momento en que el Che  entró a su habitación, descalzo y silencioso, en el día que él calificó irónicamente como “el día de la fortaleza tomada”. Aleida explica que empleó esa expresión como un símil, porque a toda fortaleza, para tomarla, primero se le hace un cerco y poco a poco, después de estudiar sus puntos débiles, se decide el ataque. “En realidad eso fue posible porque yo estaba mucho más enamorada de lo que pensaba, y así de simple, me rendí sin resistir y sin dar batalla alguna…”, confiesa.

En junio el Che le propone casamiento, sobre lo cual ella comenta: “La  boda para nosotros dos era un acto natural y la culminación de una primera etapa en nuestras vidas, breve, marcada por su intensidad, y de plena satisfacción y felicidad”.De aquella unión nacieron cuatro hijos.

 Entre los afectos y los ideales

La vida familiar no se hacía fácil con los ideales revolucionarios de por medio. Aleida dijo en una de las presentaciones de su libro:”El Che volvía tarde a casa, dormía sólo cinco o seis horas diarias. ¡Imagínese!¡Estaba construyendo una nueva sociedad! ¡No podía dedicarse al hogar y a la casa!”. Él mismo hizo alusión a esto en uno de sus escritos, cuando confiesa que “ha pasado una buena parte de mi vida; teniendo que refrenar el cariño por otras consideraciones, y la gente creyendo que trata con un monstruo mecánico…”

Después de concretar su primer sueño (y el de tantos otros), derrocar a la dictadura de Batista, Ernesto Guevara tomará nuevos destinos para cumplir con aquel ideal que no compartía con Fidel: luchar por la revolución en otras tierras. Su anhelo lo trasladó hasta el Congo, lugar desde el que le escribe en 1965 a su amada para contarle, con sentido del humor y medio en clave, que, a falta de combates, pasa gran parte del tiempo escribiendo y dedicado al estudio. “Estoy manejando aceptablemente bien el idioma, mis matemáticas van bien y voy a ser catedrático de El Capital a fuerza de releerlo (cada vez con más ganas, como el Quijote)”.La lectura era otra de las actividades que colmaba su existencia y Aleida menciona que “leía todo el tiempo y de todo, le apasionaba la literatura”.

En el libro “Evocaciones” se recuerda también los  momentos vividos por la pareja durante los encuentros clandestinos que tuvieron. Debido a la persecución de los opositores los dos se debían disfrazar para que no los reconocieran. Sobre el primero de los encuentros, poco después de que la experiencia guerrillera en el Congo fracase, ella revela: “Creo que fue lo soñado por nosotros durante mucho tiempo, íbamos a estar completamente solos (…) El encierro voluntario era por razones de seguridad. La ciudad la vi a mi llegada y cuando partí, sólo tuve ojos y oídos para absorber y dar  lo que fuimos capaces de entregarnos, no hacía falta más.” Durante esos días de jolgorio el Che  aprovechó para grabar con su voz  cuentos para sus hijos, los cuales  fueron entregados por a ellos por su madre como “uno de los tesoros más preciados que su padre les entregaba”.

 Evocación contra el olvido

Aleida ya no vería al Che, después de que él partiera hacia Bolivia. En uno de sus escritos le pide a  su enamorada:

“si sientes algún día la violencia impositiva de una mirada, no te vuelvas, no rompas el conjuro, continúa colando mi café y déjame vivirte para siempre en el perenne instante”

Poco después de que su marido dejara La Habana, recibió un poema que el Che le dejó escrito:

 “Adiós, mi única, no tiembles ante el hambre de los lobos / ni en el frío estepario de la ausencia / del lado del corazón te llevo / y juntos seguiremos hasta que la ruta se esfume”.

En el prólogo del libro se afirma que  el olvido se  puede  esconder en formas varias. Allí se lee que el Che recuperado y sólo mito de un ideal que no tiene perfiles, es el olvido. El testimonio de su compañera de vida es una resistencia contra el olvido A través del relato personal de una mujer que se redescubre con las palabras de todos los días, emerge el Che humano, vulnerable, del amor trascendido que tanto necesitamos. Es el Che que faltaba.

 [Sol Aguirre/Publicado en el Semanario “El Regional” y Agencia Cba noticias]

http://www.cbanoticias.net/cultura/el-che-que-faltaba/56807

 

 

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